YE LO QUE HAY

Donde descansa el espiritu.

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Hoy quiero hablaros de un rincón donde, sin siquiera tener que buscarlo, encuentro un sosiego difícilmente alcanzable en cualquier otro lugar. Es mi lugar de retiro espiritual.


Soy gijonés de nacimiento, crecimiento y sentimiento, pero en mis venas no solo llevo sangre asturiana. Mis ascendientes proceden del concejo asturiano de Laviana y de la vecina provincia de Lugo, de un municipio que se llama Sober.

Desde el mismo año en el que nací pasé todo el tiempo que permitían, primero, las vacaciones de mis padres, mis estudios después, y ahora mi trabajo, en la aldea gallega donde vivían mis abuelos.

Los mejores recuerdos de mi niñez y adolescencia tienen en común ese lugar. Recuerdos que me traen a la memoria largos viajes en tren y coche para llegar hasta allí. Toda aquella zona carecía entonces de comunicaciones siquiera aceptables, la única carretera asfaltada era la que cruzaba de norte a sur el municipio y de ella se ramificaban los caminos carreteros que permitían llegar a cada parroquia. Para hacer una llamada por teléfono había que desplazarse varios kilómetros. Las labores del campo se hacían tal como se habían hecho desde tiempos inmemoriales. Un atraso que se fue solucionando poco a poco pero que aun hoy es perceptible.

Recuerdo que cuando asfaltaron el camino que llegaba a “mi aldea” perdí una de mis mayores diversiones en tiempos de lluvia, saltar de charco en charco mientras mi abuelo me regañaba, o el traqueteo de mi BH sobre aquel firme de piedras y tierra pisada, no ganaba para pinchazos (puede que mi afición a la btt sea el reflejo de aquellas sensaciones de entonces). Recuerdo aquellos carros tirados por vacas cargados de hierba, maíz, patatas, centeno o estiércol, con su sonido característico que se oía en la distancia, el chirrido quejumbroso de sus ejes bajo el peso que soportaban. Recuerdo el cultivo de los campos con aquellos arados que apenas habían variado desde tiempo de los romanos. Largas jornadas de hombre y animales amarrados a un pedazo de madera preparando el terreno para la próxima cosecha. Recuerdo llevar el ganado a pastar a una vega comunal donde nos reuníamos todos los niños de los alrededores y, mientras los animales se alimentaban, nos dedicábamos a jugar como si aquello fuera el mejor parque del mundo (para mí lo era). Recuerdo como se unían todos los vecinos para desarrollar aquellas labores que requerían más mano de obra de la que una sola familia podía aportar, la malla (el trillado del centeno, cebada y trigo), la vendimia, la matanza del cerdo, todos ellos, junto con la misa dominical y las romerías, verdaderos actos de sociabilización.

Muchos recuerdos de aquella forma de vivir la vida, muy dura, y supongo que no muy añorada por los que les tocó vivirla en propias carnes, pero más integrada con la naturaleza, con el tempo marcado por las horas de luz, las estaciones y el tiempo atmosférico, cuando los padres cuidaban de sus hijos y los hijos de sus padres. Un verdadero “mundo perdido” que quedó grabado en mi para siempre a través de los ojos de un niño e hizo que todos esos lugares sean donde hoy alcanzo mi retiro espiritual. Os puedo asegurar que estos volverán a aparecer de una forma u otra en esta bitácora.